Off topic > Posada

Las aventuras de Salchisaurio

<< < (2/2)

kasabian:
DIA 31: HELIFER, LA AMANTE DEL FUEGO

Muy temprano, al día siguiente, el olor a café pasado y pan recién salido del horno me terminó por despertar. Fue una noche eterna donde varias veces tuve que levantarme de mi cama para ir de aquí por allá buscando algo que me proporcione claridad en mis pensamientos. Me sentía extrañamente melancólico, era esa sensación que te queda después de una despedida de un ser querido, de un hasta luego prolongado y sin aviso de retorno.

En repetidas ocasiones me asomé por la ventana que daba hacia las calles de Forjaz que lucían casi vacías, salvo uno que otro sujeto caminando quién sabe dónde; las viviendas estaban cubiertas por sombras y resplandores de magma lo que hacía una vista algo tétrica para el ojo del visitante.

Ironus ya se encontraba en su taller cuando me aparecí, estaba alistando sus herramientas mientras sacudía el polvo acumulado de ayer. Su rostro sereno contrastaba con su corpulencia avasalladora.

Ni bien me vio llegar me preguntó si estaba seguro lo que iba a realizar, observándome fijamente si mi respuesta iba cargada con algún tipo de turbación. La verdad es que me pasé toda la noche tratando de descifrar qué era lo que me había dicho el otro día, pero no obtuve ninguna respuesta a la misma, solo la certeza de que no contaba con otra alternativa.

Al oír mi respuesta afirmativa se paró delante de mí, estudiando una vez más mi anatomía. Primero mi cabeza, luego mis hombros, brazos, torso, hasta llegar a mis pies. Seguía sin entender qué es lo que pretendía el anciano, sin embargo, tenía que mantenerme firme en mi decisión.

El viejo herrero terminó de examinarme y de inmediato se dirigió al fondo de su taller. No habrá pasado más de un minuto cuando lo veo salir con un bastón un poco más grande que yo, cabeza y media más alta. Era un madero oscuro y áspero al tacto, con una formación natural de un agujero al final de su extremo más grueso.

—Pequeño mago, necesito tu permiso para extraer un poco de tu esencia y colocarla justo en ese pequeño agujero que ves ahí—, me dijo casi con voz compasiva. —Te advierto que es un hechizo peligroso y solo los herreros más hábiles pueden realizarla con suma cautela—, continuó.

Volví a decirle que sí con la cabeza, sintiendo en mi pecho una enorme tristeza desgarradora.

—Bueno, si esa es tu voluntad te voy a pedir que intentes encender esta pequeña piedrita con tu magia. Te adelanto, mi buen amigo, que no será nada sencillo, pues para crear vida se requiere que algo en este plano muera para aparecer en otro; así fue durante milenios, así es, y así será por toda la eternidad. ¡Apunta bien!

Extendió su brazo lo máximo posible para sostener el rústico bastón, amarrando la piedra en el centro de la ranura con finas telas de araña, extremadamente delgadas para el ojo pero sumamente resistentes.

—¡Hey, no te contengas!, gritó para darme valor.

Miré fijamente ese pequeño orificio y acomodé ambas manos hacia mi pecho para comenzar a llenarle de fuego. La piedrita pasó de un ámbar lánguido a una tonalidad rojiza.

—Continúa, gnomo, no te detengas. Ese fuego no basta para encenderla por completo.
Apreté los labios y fruncí las cejas aún más, el sudor empezaba a caer por mi frente y mis brazos empezaban a sentir un ligero cansancio.

—¡Más, más! ¡No basta! ¡Dale más!

Las palmas de mis manos empezaban ya a arderme, pero la piedrita no pasaba del rojizo a rojo vivo. Sentí que mi corazón comenzaba a latir más rápido, mientras que en el interior de mi pecho un frío intenso me invadía; pensé que dentro de poco me iba a desvanecer. Mis ojos comenzaban a cerrarse y mi cabeza se inclinaba de cuando en cuando hacia el suelo.
Alcé la vista y noté que el bastón estaba suspendido en el aire. Los delgados hilos de araña habían desaparecido por el intenso calor y la piedra también flotaba en el interior del agujero. No lo podía creer. ¡La piedra emanaba un brillo enceguecedor!

Apartado unos pasos estaba Ironus con una comba y un cincel.

—¡Hijo de Azeroth, quiero que descargues todo tu fuego interior en esa diminuta piedra! ¡Es tu corazón y está gritando por un poco de calor, vamos! —, dijo el anciano herrero sin dejar de mirar por un instante la piedra que ya parecía una mismísima estrella arranchada del firmamento.

Sostuvo con una mano el cincel y con la otra la comba, procediendo a golpear la piedrita; una y otra vez el sonido del metal chocando con la dureza de la materia prima.

—¡Se va a morir, Salchisaurio, dale todo lo que tengas! —, gritó acercándoseme raudamente hasta colocarse a mi costado, muy pegado a mi rostro, gritando con ira “¡vida, vida, vida… dale vida, dale tu vida, maldito gnomo inútil!”.

Un frío gélido se incrustó en mi corazón y por varios segundos, no calculo cuantos, dejó de latir. Mi calor corporal se había ido y estaba aceptando mi triste final, pero increíblemente permanecí como una estatua antes de derrumbarme en el suelo.

La estela de fuego que salía de mis manos había desaparecido y la habitación del herrero volvió a su tranquilidad habitual.

—Bien hecho, muchacho, bien hecho. No vas a morir porque Helifer ahora está contigo.

Petrificado aún, pero con los signos vitales volviendo lentamente, miré al bastón recién hecho. Era hermoso, sumamente hermoso. “Helifer”, ese nombre salió de mi boca y caí tendido, exhausto.

kasabian:
DIA 32: LA CARTA

Desperté 20 horas después en mi habitación. Lentamente fui abriendo los ojos, pero aún no lograba salir de mi letargo causado por la gran cantidad de energía perdida. Poco a poco fui recordando fragmentos del día anterior donde sentí que mi vida se iba yendo, dejando este cuerpo completamente inhabitado.

Levanté la cabeza y vi que en un rincón se encontraba ese bastón que en un momento del conjuro le llamé por su nombre. Debilitado aún fui reincorporándome para recostarme en la cabecera de mi cama. Ahí estaba Helifer, emanando un misterioso fulgor en su ‘ojo’. Helifer, dije lánguidamente y su brillo cobró mayor notoriedad; era como si me escuchara o reaccionara a mi llamado sintiéndome a la vez cobijado por una voz muy familiar.

¿Era yo o cuando repetía su nombre mi corazón también latía con mayor fuerza? Me tomó largos minutos entender que Helifer en realidad era una parte de mí. Me sentía muy cansado aún y preferí echarme a dormir hasta la mañana siguiente.

Al día siguiente, un poco más repuesto, decidí ir a visitar a Ironus a su taller para tratar de cerrar algunas interrogantes que no me dejaron dormir profundamente anoche. Cuando llegué a su local vi que estaba cerrado. Intrigado, comencé a husmear para constatar si realmente no había nadie o había salido tal vez momentáneamente, pero no encontré nada.

—Eh, tú, joven gnomo, ¿de casualidad respondes al nombre de Salchisaurio? — me dijo uno de los herreros vecinos, acercándoseme intrigado, agregando —el maestro me pidió que te entregara esto —.

El forjador sacó de uno de sus bolsillos una carta, entregándomela mientras se despedía con la otra mano, regresando al trote otra vez a su taller.

La misiva llevaba el sello y la firma de Ironus y llevaba como título un escueto “Para Salchisaurio”. Decía así:

Muchacho, no sé cuánto tiempo más te tome despertar, prefería decirte estas palabras en persona, pero al ver que no salías de tu sueño he optado por dejártelas por escrito.
Ese bastón que bien decidiste ponerle de nombre Helifer lleva consigo una parte de tu esencia vital. Tiene la capacidad de pensar, sentir y reaccionar. Puede sentir miedo, alegría, tristeza, dolor o ira; todo dependerá de cómo te sientas tú, así que te aconsejo que no decaigas en abismos absurdos que el pasado puede traer, o en remolinos inexistentes que se encuentran en el futuro.
Esa pequeña piedra que se encuentra en el medio del agujero y que ahora está flotando es un potenciador de tu magia, sin embargo, temo recordarte una vez más que se encuentra incompleta, pues tu cuerpo y mente no se encontraban preparados. Ya me dirás tú si en alguna oportunidad nos volvemos a ver si te costó mucho recuperar todas tus energías. No debía ser así, pero entendiendo tu premura por continuar tu viaje opté por realizar un trabajo ‘a medias’ y por eso no te he cobrado nada. Ya se dará el momento en que ese pago pendiente se dé y espero a ambos les sea provechoso.
Si te preguntas por qué decidí ayudarte yo hasta ahora no lo sé. Solo vi en ti ese fuego de mi juventud que hace mucho tiempo no veía en otros jóvenes, sean Enanos, Elfos, o Gnomos como tú. Las ganas por querer hacer las cosas correctamente se pueden encontrar hasta en el ser más pequeño. Eso para mí fue suficiente.
Te comento que el motivo de mi súbita ausencia se debe a que recibí un llamado de urgencia, junto a otros grandes maestros del reino, del mismísimo rey de Ventormenta. Se cuenta que algo viene ocurriendo por las Tierras del Norte y no es nada bueno. Te aconsejo que por el momento no vayas por allá o busques otra vía más segura hacia Dalaran. Algunas hablan de una ‘plaga’.
Por otro lado, le he dejado un paquete con tu nombre al anfitrión de la posada donde te encuentras. No te vayas sin antes haberlo recogido.

Sin más, me despido hasta otra ocasión.

Puse la hoja en su sobre nuevamente, guardándola en mi morral junto con la carta de mis padres. Retorné a la posada y efectivamente ahí se encontraba una pequeña caja que contenía semillas de trigo, pan, un poco de miel, frutos secos, carne seca, y 50 monedas de oro.

Subí a mi habitación para recoger mis cosas y alistarme para partir. Ya fue suficiente descanso y el camino es largo hacia Loch Modan.

kasabian:
DIA 48: FRÍO, FRÍO, DEMASIADO FRÍO

Luego de abandonar el poblado de los Enanos decidí pasar nuevamente por Kharanoz para comprarme una montura y aligerar un poco más el paso hacia Loch Modan. Han pasado varios días desde eso, pero aún no me animo a darle un nombre a mi mecazancudo, tal vez sea porque es una mera maquina o porque no le encuentro una razón. Es un buen medio de transportes: no se alimenta, no se agota, su humor no varía, es confiable, y, sobre todo, veloz. Sin embargo, pese a todas esas ventajas, hay cosas que solo las puedo hallar en un ser vivo como el hecho de darme calor.

Yendo más al este el clima resulta cada vez más implacable y no bastan los ropajes ni una buena sopa caliente. El frío extremo me quema la piel y los ventarrones me enceguecen; es difícil desplazarse cuando no sabes qué hay más adelante y tengo que hacer pausas obligatorias hasta que se aclare. No puedo imaginarme cómo los Enanos pueden vivir en esas condiciones las cuales para otras razas, como la mía, son una trampa mortal. Y sí, los Gnomos hemos crecido muy cerca de ellos, pero nuestra tecnología nos abre puertas que nuestra condición física no la haría.

A veces entre las rocas, a veces debajo de los árboles, Helifer me proporciona algo de calor cuando se la pido, pero eso significa que también estoy gastando mi energía. Lo único que puedo hacer es cobijarme lo mejor posible con hojas secas y ramas de los arbustos, atento siempre a la proximidad de una bestia, que, por cierto, por ese lado son más fieros y ágiles.

Ni pescar se puede por las gélidas lagunas y riachuelos; las pocas hierbas que puedo encontrar me sirven solo para darle algo de sabor a los frutos secos que aún conservo. Durante el día, cuando un cielo despejado permite que lleguen algunos rayos de sol, me encargo de derretir un puñado de nieve para llenar mi cantimplora.



Desde que partí no me he vuelto a cruzar con ningún otro Enano, Gnomo u otra raza conocida de Azeroth. Atrás quedó la calidez de Forjaz, el martilleo cual reloj de los yunques, el movimiento constante de las personas; en cambio solo veo un borroso camino, escucho a lo lejos a las bestias aproximarse, mi bastón en postura defensiva y el hechizo listo para expulsarlo, ese estrés me tiene sin descanso tanto de día como de noche.

Los días pasan muchas veces sin ver el firmamento por la densidad de las nubes y los ventarrones. Exhausto encima de mi montura no me detengo por nada, así sienta que me miran desde todos lados las bestias aguardando el más mínimo descuido de mi parte.

Muchas veces, entre alucinaciones derivadas de la fiebre, el agotamiento y la falta de alimento, habré visto vívidamente meses repletas de comida, cerdo ahumado, filetes de res jugosas, cuernos rebozando de aguamiel, mis amigos de infancia, entre la sobriedad y el desparpajo que produce el alcohol, muy contentos abrazándome, sonriendo, siendo felices otra vez; todo perfectamente acomodado para mi bienestar. Pero decidí convertirme en mago, un aficionado de lo arcano y de los elementos, no por obligación sino por mi espíritu aventurero de querer conocer lugares que solo los ancianos y veteranos de las armas cuentan en las tabernas o en los parques. Siempre quise ser un explorador más, llenarme de conocimiento más allá de los libros; quiero verlo todo con mis propios ojos, pararme en el infinito del Desierto de Sal, recorrer las arenas de Tanaris, adentrarme por las calles de Ventormenta, mojar mis diminutos pies en las costas de Vega de Tuercespina, ir lo más lejos posible.

Días y días pasaron evadiendo a las fieras y truhanes del camino, esos kobolds sin bandera que solo atacan en manada. Helifer en diferentes ocasiones me salvó de caer en manos enemigas haciéndoles huir despavoridos por su impresionante calor, sin embargo, tras cada ataque que hacía terminaba muy agotado, resquebrajando aún más mi salud. Una cosa es defenderte con el estómago lleno y bien descansado, y otra la de atacar con lo poco que te queda y que los enemigos salgan desde cualquier lado a cada momento. Pocos lo entenderían.

Imposibilitado de poder da caza a algún animal porque mi maná se había agotado desde hace ya varios días, sin alimentos en mi morral, y envuelto en alucinaciones y espejismos, una mañana donde la ventisca no me dejaba ver más allá de lo que se extienden mis brazos, un olor agradable me devolvió momentáneamente las fuerzas. Me bajé de mi mecazancudo lentamente y empecé a moverme a tientas, guiándome por mi olfato; quería comer lo que sea.

Arrastrando mis pies poco a poco me fui aproximando al origen de ese agradable olor. ¿Era una olla lo que veía o acaso mi mente me estaba traicionando nuevamente? Incrédulo miré en su interior y efectivamente habían papas, coles y carne cocinándose; sin pensarlo más saqué mi cucharon y me llené la boca de tan milagroso manjar. Quise sacar mi plato hondo donde preparo mis alimentos, pero una cuerda me elevó cerca de cinco metros, sujetándome del tobillo de mi pierna izquierda. Por gravedad todas mis pertenencias terminaron cayendo en la nieve, incluyendo mi bastón.

Conmocionado y famélico escuché los pasos de alguien dirigiéndose hacia mi dirección. Antes de desmayarme solo logré ver que era un enano, un enano con una escopeta.

kasabian:
DIA 49: CAZADOR

Sus pasos tenían una ligera cojera en su pierna derecha lo que le forzaba a tener que apoyarse por momentos en un enorme oso pardo que no se le despegaba por nada. A primera vista, y en la posición en que me encontraba, diría que no pasaba más de los 30 años de vida Enana.

Provisto de enormes pieles que le cubrían casi todo el cuerpo, él solo dejaba al descubierto su enrojecido rostro. No era como Ironus, pues el sujeto que se me iba acercando lentamente era mucho más joven que el maestro forjador; sin embargo, algunos rasgos compartían como la mirada severa y profunda.

Mirándome desde abajo pude notar que también estaba ciego de un ojo, el diestro para ser más preciso, observándome con su ojo perlino y maltratado mis intentos por querer zafarme de la cuerda que me tenía suspendiendo en el aire.

—Tú no eres un conejo —, rezongó, —solo me sirven los conejos —dijo, mientras volvía la mirada hacia la rama que sostenía el otro extremo de la cuerda.

Antes de que proceda a desatarme volvió a mirarme otra vez de manera desconfiada: “¿Te ibas a comer mi comida?”, reclamó, dejando en suspenso mi liberación.

Por un momento pensé en responderle que no, pero luego pensé que tal vez me preguntó para saber si era una persona confiable y de fiar. Miré mis cosas desperdigadas por todo el suelo y cómo el enorme oso iba olfateando cada una de ellas; su tamaño era sumamente imponente y fácilmente serviría de bocado para el animal.

—Sí —, le grité desde mi incómoda postura, —la verdad tengo mucha hambre, no he comido desde hace días y el olor de tu olla me atrajo —.

Todo eso era cierto, añadiendo todo lo que había pasado los días previos antes de caer rendido en mi mecazancudo.
—¿Si te libero, pequeño gnomo, no me vas a atacar? —, volvió a inquirir, sintiendo que en sus palabras se escondía algo de burla pues la condición en la que me encontraba me colocaba en plena desventaja.

—¡Si miento que me coma tu oso! —, repliqué, —¡prefiero que me coma un oso a morir de hambre!
El cazador sonrió para sí.

—Por tus pertenencias, que no son muchas, veo que eres un mago. ¿Acaso no sabes crearte comida y agua como los demás de tu clase?

—¡Soy un aprendiz! —, volví a gritar, algo irritado ya.

—¿Aprendiz? Ese hermoso bastón que no deja de iluminar dice todo lo contrario.

—Te juro por todo lo que me queda que soy un mago aprendiz, estoy de camino a Dalaran a recibir entrenamiento; y no, aún no sé conjurar comidas o bebidas.

—¿Puedes volar?

Antes de que responda su impertinente pregunta el cazador de un solo corte me liberó de mi atadura, cayendo pesadamente al suelo. Mareado y adolorido por el impacto lo oí romper en carcajadas en un rincón, y casi de inmediato su oso se acercó a olfatearme.

—Tranquilo, Denzi, el gnomo no miente, déjalo en paz —, ordenó el cazador a su bestia. El oso pardo obedeció regresando hacia su amo que ya lo esperaba recostado en un árbol.

—Come, come todo lo que puedas, y cuando ya te sientas satisfecho mi oso te llevará en su lomo a mi guarida.

Dudé por un momento de sus palabras, pero el hambre podía más y casi arrastrándome volví a coger mi cucharon que se había quedado botado para llenarlo de caldo y carne deshilachada. Comía y miraba de reojo al cazador, que para ese momento se encontraba entretenido limpiando su escopeta, ignorando casi mi presencia.

Ya saciada mi hambre, volví a ver qué estaba haciendo el cazador, encontrándolo en la misma posición de un principio, y junto a él su enorme oso durmiendo. Me tendí en el suelo, satisfecho y repleto, sintiendo que poco a poco mi cuerpo adelgazado iba cayendo en un reponedor sueño.


Al día siguiente, efectivamente me encontraba en una pequeña cueva condicionada con algunas comodidades como una enorme manta que servía de cama, un mechero, herramientas, trampas, un rústico horno con algunos leños ennegrecidos. El ambiente sombrío y mi condición algo debilitada me dificultaba ver con claridad más allá de la simple vista, sin embargo, casi en un lugar apartado, pude reconocer mi morral y a Helifer que ofrecía una tenue luminosidad parpadeante. Miré de un lado a otro y no veía al cazador, entendiendo que en ese momento me encontraba solo en su guarida.

Me recompuse para coger mis pertenencias y comprobé que todo estaba en su lugar, incluso las monedas de oro que aún me quedaban. Ya acostumbrado a la oscuridad del lugar volví a repasar nuevamente el ambiente. No habían cosas de valor, no habían armas, ni pieles, ni animales que hubiera recogido el cazador. De pronto escucho un paso cansino acercarse, y detrás de él el gruñir de su bestia.

—Hola, aprendiz de mago, ¿dormiste bien? —, me preguntó, regalándome una sonrisa casi imperceptible. —Por si te preguntas me llamo Atelmir, y sí, soy un cazador, pero no de los que te imaginas; yo alguna vez quise ser importante en este mundo, pero ya lo ves, ahora estoy ciego de un ojo y cojo de una pierna. Nadie busca cazadores en esas condiciones —me dijo mientras se palmoteaba la pierna coja con su mano — en este mundo donde todos buscan algo más de sus posibilidades, así como tú.

—Yo quiero convertirme en un mago y me dirijo a ello, pero a ti qué te impidió. Y, por cierto, gracias por la hospitalidad.

—Ninguna hospitalidad —repuso Atelmir, socarronamente, —de haber sido un conejo no tendríamos estar conversación, y bueno, tiempo que no converso con alguien más que no sea mi oso, aunque admito que tengo con él acaloradas y profundas disertaciones.

Respondiendo a tu inquietud —hizo una pausa —, verás, las cosas no son como te las pintan. Un día eres el orgullo de tu comunidad y al otro todos te miran con lástima. En este mundo solo somos piezas sustituibles de los que verdaderamente tienen el poder. No te dejes enamorar por promesas increíbles, por hazañas que aguardan más allá de estas montañas. Mira qué fácil has caído en mi trampa. ¿Acaso crees hacer la diferencia?

Lo miré algo confundido por todo lo que decía, sentía indudablemente en sus palabras mucha desilusión y dolor. Prosiguió con su discurso.

—No era mi intención seguirte, la verdad que no, sin embargo, tus movimientos erráticos y cansinos me hicieron preguntar hace unos días atrás en qué momento te ibas a caer desde un barranco. Has tenido mucha suerte hasta el momento.

—¿Me venías siguiendo, dices? —, pregunté sumamente intrigado, abriendo de par en par mis ojos.

—Pues sí y ni cuenta te diste. Tengo que reconocer que tu condición debilitada te hacía una presa sumamente fácil… si yo hubiese sido tu enemigo. Te repito, esta conversación ni siquiera se hubiera dado.

Dejé de hablar por unos instantes, y mientras duraba mi mutismo se me vino a la mente varias cosas como salir corriendo o atacarlo con todo el resto que me quedaba, pero el cansancio y mis nulas fuerzas me hicieron desistir de toda escapatoria.

—Entonces lo de la olla…

—Fue una invitación —, me dijo, despegando la vista de mi ubicación para ir a buscar un poco de tabaco en uno de esos cajones atiborrados.

—¿Una invitación?

—Pero claro, muchacho, ¿sino cómo crees que iba a evitar que te mueras?

Seguía sin entender, pero mientras duraba la charla entendía que aquel enano cazador no era un enemigo. Tampoco yo representaba para él un rival ya que sin ninguna complicación su enorme oso pudo hacerme pedazos hace mucho.
Encendió su pipa, dándole una profunda pitada que iluminó por un instante ese apagado ambiente. Luego de ello volvió a darme la espalda para seguir buscando entre los cajones amontonados.

—Aquí está —dijo, girando otra vez hacia donde estaba sentado —. Toma, creo que esto te servirá más que a mí, si logras descifrarlo.

Extendió su brazo entregándome un pergamino. Era un conjuro para crear comida. La escritura no se dejaba leer por la oscuridad, así que le pedí que me acerque a Helifer hacia mi costado. El bastón inmediatamente incrementó su fulgor, permitiéndome así comprender su contenido.

—Es un hechizo muy poderoso para mi nivel —repuse lamentándome.

—Entonces te sugiero que lo guardes bien, muchacho. Más adelante no estaré para salvarte una vez más —, sostuvo, poniéndose de pie con algo de dificultad —. Te dejo descansar, estaré afuera revisando si algún conejo cayó en alguna de mis trampas.

Y fue así como se dio media vuelta, dejándome otra vez solo en la oscuridad. Volví a recostarme en las mantas, repasando aquella curiosa conversación hasta que sin darme cuenta otra vez mis ojos se cerraron.

Horas después, ya de noche, recompuesto un poco más, decidí salir al exterior, encontrándome con Atelmir sentado en una roca, afilando su cuchillo. La ventisca había menguado y se podía apreciar una noche despejada y serena.

—¿Descansaste bien, muchacho? Por cierto, aún no me has dicho tu nombre —, me dijo sin dejar de sacarle filo a su arma.

—¿Acaso no tienes miedo de que te ataque o te haga algo? ¿Por qué siempre me hablas sin mirarme o como si no estuviera delante tuyo? —, respondí, tratando de no exasperarme, aunque en mi intento mi voz fue más enérgica que de costumbre.
—Ven, siéntate aquí, muchacho —, me dijo, señalando el lugar con la mirada —. Hizo una breve pausa mirando el firmamento, como tratando de buscar algo en concreto o solamente estaba recordando algo. —La noche será larga y veo que estás con un poco más de energía; déjame contarte una historia, prometo no aburrirte más de lo que estás.

Y a continuación el cazador comenzó con su relato.

Navegación

[0] Índice de Mensajes

[*] Página Anterior

Ir a la versión completa